7.6.15

Del matrimonio ideal y otras cuestiones LGBT


*Nota de la autora: Esta columna se escribió antes del 26 de junio de 2015, fecha en la cual el Tribunal Supremo de los Estados Unidos favoreció el matrimonio entre personas del mismo sexo.

A pesar de lo que Hollywood, las iglesias, las novelas mexicanas y los anuncios nos dicen, no todo gran amor culmina en un matrimonio ni todas las personas lo necesitan para ser felices.  De hecho, el contrato matrimonial no es de esos contratos que se caracterizan por la equidad para sus partes o por tener un rol emancipador en la vida de quienes contratan.  Pocas personas saben que hasta 1976 casarse implicaba para las mujeres renunciar a su libertad de contratación, movimiento y administración de bienes.  Más aún, al día de hoy todavía escuchamos pastores y pastoras diciendo que las mujeres deben obedecer y seguir al “marido” y vemos cómo los embates de la violencia de género les privan de sus bienes, su salud y hasta de sus vidas.  Como institución patriarcal y heterosexista, el matrimonio no necesariamente es algo con lo cual algunas de nosotras simpaticemos.  Ciertamente, el concepto ha ido cambiando gracias a las luchas por la equidad de género, pero, ¿ya ha cambiado lo suficiente?  ¿Es en sí mismo el matrimonio un instrumento de equidad para las comunidades LGBTT aunque no lo ha sido para las mujeres? Esta pregunta puede resultar molesta en este momento histórico, pero vale la pena hacerla.



Más allá de la discusión legal sobre el tema del matrimonio igualitario, que ya ha sido magistralmente recogida en un artículo de revista jurídica deGabriel Laborde, me parece importante mirar otros aspectos del matrimonio y de la lucha por la equidad para las comunidades LGBTT.  Pensemos en cómo nuestra sociedad ve el matrimonio, qué imágenes acompañan la palabra, cómo se enlaza al tema de composición familiar y cómo algunos sectores dependen del matrimonio para su subsistencia.  Pensemos además en el valor heteropatriarcal que representa y en lo que implica para la equidad de las comunidades LGBTT.



En Puerto Rico, más del 55% de las familias están constituidas fuera del vínculo matrimonial.  Contrario a lo que podría pensarse, esto no es un fenómeno reciente, sino un dato consistente en los censos de las pasadas décadas.  Particularmente, los sectores más empobrecidos tienen una marcada tendencia a no casarse, en gran medida porque la pobreza no invita a compartirse.  Esto nos recuerda que el origen de la institución legal del matrimonio, más que divino, es económico por más que nos lo adornen con flores, azúcar y promesas de amor eterno.  De hecho, muchos de los argumentos a favor del matrimonio igualitario giran en torno a asuntos económicos tales como la posesión de bienes, herencias, seguros de salud y contribuciones, entre otros.  Por supuesto, hay otros asuntos de índole amorosa, social y humanitaria que pesan para algunxs de nosotrxs más que lo económico: derecho a participar en decisiones sobre salud, compartir hogar en la vejez, acompañar en la enfermedad, tener hijxs y, sobre todo, que se nos reconozca a todas y todos el mismo derecho a cometer matrimonio que tienen las personas heterosexuales. (Lo de cometer no es un error)



Si lo miramos desde una perspectiva de derechos humanos para las comunidades LGBTT, es inevitable reconocer que el acceso al matrimonio es uno de muchos asuntos a tratar a la hora de establecer una agenda de lucha por la equidad.  Tal y como las mujeres siguen luchando para el reconocimiento de sus derechos, las comunidades LGBTT deberán seguir luchando por los suyos.  Las poblaciones tradicionalmente marginalizadas por nuestro sistema social, tienen agendas de lucha larguísimas que requerirán años (¡y generaciones!) de lucha.



En menos de un mes, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos emitirá sudecisión sobre el matrimonio igualitario.  Creo que no exagero si digo que prácticamente todxs lxs activistas LGBTT estamos cruzando dedos para que sea una decisión favorable y derrumbe de una vez por todas las fronteras de la desigualdad que impera en ese tema a nivel de los Estados Unidos y, en consecuencia, en nuestra amada colonia patria.  Queremos celebrar el acceso a ese derecho y seguramente acompañaremos a gente muy querida a sus bodas.  Eso no quiere decir que estemos ajenxs a las discusiones obligatorias en torno al tema.



Retomando el tema de la equidad dentro del matrimonio, es importante que nos miremos como comunidades LGBTT.  Ser LGBTT no te convierte de inmediato en una persona consciente de las inequidades de género o te libera del machismo que se nos inculca a través de instituciones sociales como las iglesias, la escuela y otros espacios de formación.  Aunque algunas personas piensen que el convivir con una pareja de su mismo sexo les evita bregar con la desigualdad de género y hace más llevadera la vida en común, lo cierto es que hombres y mujeres podemos seguir atribuyendo carga negativa o positiva, superior o inferior a diversas cualidades en virtud del pensamiento machista.  Es así como entre hombres gays aún podemos ver algún tipo de desprecio por otros hombres cuando perciben en ellos cualidades que consideran “femeninas”.  También podemos ver cómo se menosprecia a las trans o cómo se ve a las lesbianas como una categoría inferior en el mundo LGBTT solamente porque son mujeres.  Las lesbianas pueden operar desde premisas parecidas.  Si aceptamos que esto pasa, debemos aceptar también la posibilidad real de que la desigualdad, e incluso la violencia, se manifiesten dentro de los matrimonios LGBTT tal y como ya lo hacen al interior de las parejas consensuales.



La existencia de la equidad dentro de una relación de pareja no depende del estado civil.  Depende del amor y del esfuerzo de ambas personas para vivir libres de estereotipos, prejuicios y juegos de poder y control. ¿Estamos listxs para manejar como comunidades el tema de la equidad en las relaciones o simplemente replicaremos modelos heterosexistas? ¿Cómo serán nuestros divorcios?



Los ataques más comunes a las comunidades LGBTT se dirigen a nuestra calidad moral.  Se alega que somos personas promiscuas y poco dadas a la vida familiar.  Esto nos remite al ideario heterosexista y patriarcal que privilegia la familia compuesta por hombre y mujer con hijxs como la base de una sociedad productiva.  Acceder al derecho al matrimonio podría ser una respuesta a esos ataques.  Después de todo, miles de personas LGBTT viven en largas relaciones de pareja y también constituyen familias con sus hijxs.  Sin embargo, ¿qué nos hace pensar que la familia, definida a partir del matrimonio o los conceptos hetersosexistas, es un estado moral o social superior al de otros tipos de relaciones?  ¿Podría ser que algunas personas LGBTT aspiren a replicar un modelo heterosexista que además tiene un sesgo de clase?



La dignidad de una persona no debe estar sujeta a juicios morales estereotipados o a la expectativa de que viva o se ajuste a un tipo de relación de pareja en particular.  Vivir en equidad es tener derecho a elegir libremente cómo y con quién nos relacionamos sexual y afectivamente ya sea por toda una vida o sólo por una noche. ¿Estamos dispuestxs a defender la dignidad de toda persona LGBTT independientemente de lo que elija para su vida? ¿Aún la dignidad de quienes ejercen trabajos sexuales?



Al día de hoy, cuando una pareja LGBTT se besa en público, explotan las redes sociales.  Nos critican los fundamentalistas, ok.  ¡Pero también gente de las propias comunidades LGBTT!  A pesar de la euforia con el tema del matrimonio igualitario, aún tenemos compañerxs que piensan que las expresiones de amor LGBTT deben hacerse en privado y que no necesariamente lxs niñxs deben ser expuestxs a las mismas.  Ni qué se diga de cómo se critican vídeos o fotos de nuestras comunidades a pesar de que se tolere la misma conducta en personas heterosexuales. Los fundamentalistas al menos, criticarían a todo el mundo porque parten del terror al cuerpo y al sexo.  Pero el resto de la gente, heterosexual y LGBTT, lo que hacen es manifestar su homofobia. (Sí. La gente LGBTT también puede ser homofóbica. Pregunten a algunos legisladores que se dedican a entorpecer nuestros proyectos de ley desde sus clósets.)



Vencer toda expresión de homofobia, aún la internalizada, debe ser una prioridad para que vivamos el amor en libertad.  ¿Estamos dispuestxs a hacer frente a la homofobia aun cuando no sea dirigida a nosotrxs en carácter personal?  ¿O callaremos y otorgaremos cuando se juzgue con la vara de la moralina a otras a personas LGBTT? ¿Subsana el matrimonio igualitario la homofobia?


Ya llegarán las bodas para nuestras comunidades.  Si no ahora, en muy poco tiempo.  De eso estoy segura.  Y yo me alegraré con la alegría de las personas que amo y que ven en el matrimonio algo más que un trámite legal y económico.  También me seguiré preocupando por las demás inequidades que aún nos quitan calidad de vida y libertad.  Imagino que algunas personas tendrán que pensar a quiénes incluyen en sus listas de invitadxs porque sus familias no entienden que la orientación sexual y la identidad de género no se eligen, se viven.  Sabré de otra gente cuya pobreza le seguirá negando el acceso a un matrimonio.  Y también de otrxs que, como yo, prefieren amar sin lazos legales.  Lo que espero es que las alegrías de unxs, no se conviertan en el abandono de otrxs.  También que todas y todos tengamos claro, muy claro, que aún no nos acompaña la equidad. ¡Que el amor vaya más allá de nuestros hogares y se solidarice con todas las comunidades LGBTT! 

Columna publicada originalmente en el Dossier LGBTT de 80 Grados en verano 2015

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