escribe y actúa

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26.8.16

Hablemos de pobreza y PAN

Foto por Jack Delano/ Niñas y niños en Barranquitas
Nota de la autora: Hablemos de pobreza y del PAN. Hay que seguir hablando porque es nos toca como país donde las desigualdades han arrinconado en la pobreza a cientos de miles de personas. Acá mi columna sobre el tema. Comparte, por favor. Necesitamos que la gente entienda de que en estas elecciones este es un tema central y que tenemos que cambiar la manera de pensar el rol del gobierno.

Pensar que la nueva regulación del PAN no afecta a las poblaciones más vulnerables de la Isla sólo es posible si se viviera en una burbuja. La noticia emitida en el día de ayer por el Departamento de la Familia es desoladora para miles de familias de la Isla que dependen del PAN para sostenerse precariamente en un país donde las estadísticas apuntan a un nivel de pobreza que debería alarmarnos a todas.

El verano pasado, el Instituto de la Juventud reveló los resultados de un estudio sobre el estado de bienestar de nuestras niñas, niños y jóvenes. Cerca del 57% vive en pobreza, un 84% vive en zonas de alta pobreza. Su pobreza no es fortuita, es heredada de madres y padres que también la viven y que enfrentan un clima económico en el cual no hay empleos. Más de la mitad de las madres y padres de estas niñas y niños no tienen un empleo seguro.  No lo tienen porque no existen empleos seguros en una Isla donde sólo hay trabajos de temporada, a medio tiempo y con salario mínimo que te dejan en el bolsillo, si acaso, $570 mensuales. ¿Son pobres porque no saben cómo gastar los $8 a $19 que reciben a diario del PAN o de un trabajo precario? ¿Cómo se vive con esa cantidad?

Si miramos la población de edad avanzada, no es un secreto que también en ella existen altas tasas de pobreza que se complica con situaciones de salud que no son efectivamente atendidas por el sistema de salud. Una persona sola, que no pueda trabajar y que no reciba otro apoyo familiar, deberá pagar alquiler, agua, luz, medicamentos y alimentos con lo poco que reciba del PAN. ¿Son nuestras personas viejas pobres porque son vagas y no saben gastar bien los $4.50 diarios del PAN?  

Definamos pobreza correctamente y no según los estereotipos que tanto le gustan a ciertos grupos para lavarse la conciencia. Si bien es cierto que la pobreza en otros países es de la que sólo tiene $1 para pasar el día, la pobreza de nuestra Isla no es menos mala. Pobreza es tener que comprar alimentos de bajo valor nutricional y que te enferman porque no puedes pagar los saludables. Pobreza es también tener que elegir entre comida o medicamentos porque no puedes pagar los dos. Pobreza es pagar la luz un mes y el agua al siguiente porque no tienes con qué pagar y para eso, sacas cada pesito que te sobra del PAN. Pobreza es no poder ir a un hospital porque no tienes cómo o porque no puedes pagar el deducible. Olvídense de carros, ropa y otros gastos. En Puerto Rico hay gente que no puede pensar en eso. Esa misma gente es la que ha caminado la seca y la meca buscando empleos que le niegan o la que montó un puestecito de ventas y tuvo que cerrarlo porque no tenía los recursos para cumplir con todo lo que pide el gobierno. De todo eso se trata la pobreza y también del estigma, del prejuicio y la invisibilidad.

Esa misma invisibilidad es la que nos tiene hoy aquí. Dependiendo de una regulación federal sobre la cual no tenemos ningún poder y viendo al gobierno sin un plan alterno. Negar la pobreza y estigmatizarla es la mejor excusa para no hacer lo que nos toca. ¿Y qué nos toca? Se preguntará usted mientras piensa que la pobreza es un monstruo grande que no puede eliminarse.  Sepa que la pobreza tiene remedio y lo han demostrado modelos de trabajo que apuestan a la educación, el apoderamiento, la inversión social y el desarrollo económico comunitario. Lo han demostrado con resultados y a un costo menor del que tienen las inversiones en megatiendas que crean empleos a tiempo parcial y que pagan con subsidios o empresas de alto nivel que necesitan $200 millones para crear 10 empleos.

La eliminación del efectivo del PAN podría parecer algo lógico si se considera que es una ayuda para alimentos. Sólo que es una lógica fría y despiadada que ignora el contexto en el cual se da.  Nuestro gobierno sabía desde hace más de 10 años que no podía depender exclusivamente del PAN o de ayudas federales para sostener a las miles de familias que viven en pobreza. Lo sabía y no hizo nada. Invirtió en incentivos industriales y corporativos cuyos resultados no han auditado y en contratos nacidos de la corrupción.  Hoy eso lo pagarán cientos de miles de niñas y niños, sus familias y nuestra población envejecida. También lo pagarán los pequeños comercios que no son parte de la red de proveedores de la tarjeta electrónica y veremos toda una cascada de consecuencias que sólo traerá más pobreza.

¿Hasta cuándo nuestra gente que vive en pobreza aguantará? Quienes creemos en la justicia social y económica no podemos quedarnos de brazos cruzados. El gobierno tampoco. La crisis humanitaria que se había predicho ya es una realidad, pero es una realidad que no tenemos que aceptar y que tenemos el deber de cambiar.

Para leer más de lo que he escrito del tema, puedes ver la columna que escribí para 80 Grados en el 2013 y que se llama $11 al día

25.8.16

Los pantalones de Luisa y de Karina




Hace más de un siglo, Luisa Capetillo usó pantalones en público y se convirtió en el centro de ataques de todo tipo. Ataques que tenían como fundamento la noción de que las mujeres debían sujetarse a un código de vestimenta que excluía los pantalones.

Ahora, en pleno Siglo XXI no son los pantalones de Luisa los que causan revuelo, sino los de Karina. Cuando ya dábamos por sentado que el uso de pantalones por las mujeres es cosa normal, una escuela de Comerío nos recordó que en el Departamento de Educación hay un doble discurso al hablar de equidad.  Uno, el que aparece escrito en sus cartas circulares sobre equidad, uniformes y acoso escolar. Otro, el que se construye con actos y no con palabras y que nos habla de juicios morales, discrimen y violencia institucional. ¿Todo eso por unos pantalones? Todo eso y más.

A Karina se le privó de su derecho a la educación por no usar el uniforme aprobado en la escuela. Resulta que en esa escuela el uniforme aprobado para las niñas es el de falda y al reunirse con el Secretario de Educación le dijeron que si desea pantalón, debe usar el uniforme de los varones. Más allá de si a Karina le gustó o no esa opción, el punto importante aquí es el siguiente: ni esa escuela, ni ninguna otra escuela pública de la Isla debería prohibir el uso de pantalones a las niñas y jóvenes. Esa debería ser una opción estándar en todo código de vestimenta escolar.

Las razones son muchas. Tenemos dos cartas circulares del 2015. Una sobre equidad en la educación y otra en la que el propio departamento reconoce que no se debe lacerar la dignidad de una estudiante por no usar el uniforme y que tampoco se le debe privar de su derecho a la educación. ¿Otra razón? ¿A quién se le ocurre prohibir a una joven usar pantalones?


Entonces, apareció Karina y luego otras estudiantes de la misma escuela para repetir lo que Luisa Capetillo tuvo que hacer antes: retar la rigidez y la desigualdad. Retar al sistema educativo que debía existir para liberar seres humanos y no para oprimir. Retarnos a nosotras a hacer más porque hay más, mucho más que hacer. Esto no se trata de los pantalones. Se trata de mucho más, de un sistema que se niega a cambiar, de funcionarias que se creen con derecho a imponerse por encima de políticas públicas y de la incapacidad del Secretario de hacer valer su palabra empeñada hace más de un año a favor de la equidad. Si esto pasa por unos pantalones, ¿qué esperar del Departamento cuando haya que trabajar por lo demás? Por cierto: ¿Cómo vamos con el currículo de equidad y los adiestramientos a educadoras y educadores? Coquí.

5.8.16

La Parguera es nuestra



(Originalmente publicada como entrada en facebook)

La Parguera es nuestra. Como país. Y su belleza y su riqueza nos tientan de maneras terribles para violentar el derecho al disfrute y la posesión colectiva de su costa.
Nos tienta el apego a lo material, el privilegio que se nos hace invisible porque terminamos aceptándolo como algo natural. Nos tienta la idea de que algún día nosotrxs también tendremos nuestro cantito de costa. Nos tientan sueños de un país que jamás debimos pensar así porque miren lo que nos cuesta hoy. Las casas de la Parguera son el resultado de no haber sabido resistir las tentaciones.
Y ante esas tentaciones, muchxs han desarrollado una nueva conciencia de resistencia que se expande desde la solidaridad para reclamar que las playas no están sujetas ni al apego ni al privilegio. Las playas y las costas no son cantitos de algo que se vende o se posee desde lo individual.
Si el mar es infinito, infinito debe ser el derecho a llegar a él y sumergirse en su energía. Infinito el derecho a la vida del resto de la naturaleza que lo habita y lo hace mágico y a la vez indispensable para el planeta.
Estoy segura de que el Gobernador Alejandro García Padilla lo sabe. Ojalá acabe de vetar el ‪#‎PS1621‬. Para que lxs demás estemos en paz y sintamos que poco a poco recuperamos algo del país que nos han estado quitando.
‪#‎LaParguera‬ no sólo es tentación. Hoy es resistencia. También es inspiración.

12.7.16

Carne de Cañón

Publicada originalmente en 2011

Nota: Esta columna tiene cinco años pero releyéndola, la siento pertinente. Ni lxs jóvenes del #CampamentoContraLaJunta ni las comunidades que se afectarán con PROMESA, ni los grupos que al día de hoy son discriminados y violentados deben dejarse solos en esta coyuntura histórica.  Si el país es de todxs, todxs tenemos el deber de trabajar para él. 

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Ninguna nación puede darse el lujo de utilizar a sus jóvenes como carne de cañón.  Sin embargo, como país lo hicimos, lo hacemos y tal parece que lo seguiremos haciendo.  ¿Hasta cuándo? 

Las guerras del Siglo XX y el envío masivo de jóvenes puertorriqueños al campo de batalla son, tal vez,  las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza al decir “carne de cañón”.  Estas imágenes trascienden de inmediato la palabra y construyen todo un entramado mental de carne, sangre, vísceras, dolor, pérdida y lágrimas.  No sólo pensamos en el sufrimiento de los jóvenes que murieron- o sobrevivieron- en las batallas libradas en Europa, Korea, Vietnam, Afganistán e Irak, sino en el de sus familias y barrios.  La guerra, como sinónimo de violencia, y la violencia como sinónimo de muerte quedan fácilmente impresas en nuestra conciencia como parte de la definición de “carne de cañón”.   

La oscuridad del concepto de “carne de cañón” no se limita a esa analogía de imágenes y palabras.  Su sombra se proyecta sobre la sociedad porque establece una medida de desigualdad, de inferioridad, de odio o de menosprecio hacia grupos raciales o sociales cuya vulnerabilidad los convierte en municiones desechables.  En las guerras del Siglo XX que nos involucraron como pueblo, la carne de cañón no estuvo hecha de jóvenes blancos, adinerados, heterosexuales y perfectamente armonizados con el sistema de supremacía racial y social que por siglos caracterizó a los Estados Unidos.  La carne de cañón era negra, latina y pobre.  Esa carne era desechable porque era desigual. 

Las sociedades que permiten que los grupos vulnerables se conviertan en las municiones de sus guerras sociales o políticas, consienten la apertura de nuevos mercados de carne humana para ser utilizada como carne de cañón.  Con esta actitud pasiva atrasan el desarrollo del país y crean un ambiente de conspiración silenciosa que secunda las acciones gubernamentales y privadas cuando éstas atentan contra derechos humanos fundamentales. 

¿Quién se beneficia con esto?  Quienes siempre se han beneficiado de la desigualdad, de la pobreza, de la ignorancia colectiva, del miedo, de la violencia social… los grupos con poder económico y político que necesitan mantener control de nuestros recursos e ideas para que no cuestionemos sus privilegios.  Es importante, además, que no perdamos de vista el rol de las principales religiones dentro de esta estructura.  Más que un centro de poder en sí misma, es un instrumento para el poder y el control. 

¿A quiénes estamos utilizando como carne de cañón en nuestra Isla en estos días?  A la juventud, a los gays, a las mujeres, a las comunidades que están en proceso de desalojo, a la niñez que se cría en medio del narcotráfico o que crece pensando que esa es su mejor alternativa. 

La carne de cañón del Puerto Rico de hoy es la gente que se ve obligada a dar el frente, a coger palos y macanazos, a exponer su vida y sus bienes y a arriesgar su propio futuro para defender valores y derechos que deberían ser defendidos por el país completo. 

En la Universidad de Puerto Rico, se está librando una feroz batalla ideológica en la cual nuestra juventud está siendo agredida, arrestada, perseguida y expulsada de su centro de estudios*.  Esa batalla está enmarcada en la defensa del derecho a una educación universitaria de calidad y accesible a toda clase social.  No es una batalla de los y las estudiantes, es del pueblo.  Tiene que darse para garantizar que la niñez de nuestras comunidades tenga en el futuro la oportunidad de desarrollarse profesionalmente e integrarse a los procesos de gobernanza democrática de la Isla.   La respuesta de la administración universitaria y del gobierno, nos hace levantar una bandera de alerta ya que más allá del derecho a la educación, están en juego otros derechos fundamentales para nuestra democracia como el derecho a la libre expresión, a la reunión, al libre pensamiento y a la libertad individual. 
 
Dejar los y las estudiantes solos y solas es dejar que se conviertan en carne de cañón.

Las comunidades en peligro de ser desalojadas defienden otro gran grupo de derechos y valores democráticos: el derecho a la vivienda, a la vida en comunidad, a desarrollar vínculos comunitarios fuertes y saludables, a crear espacios para el desarrollo y bienestar común.  Sin embargo, ellas también se enfrentan solas a la policía, a los tribunales y a las empresas desarrolladoras que influyen las decisiones gubernamentales. 

Al dejarlas solas a las comunidades, las utilizamos como carne de cañón en una batalla en la que se juega el derecho a la vivienda y seguridad de cada comunidad de la Isla… incluyendo aquellas en las cuales el resto de nosotras y nosotros se crió o vive. 

Si miramos a las mujeres y cómo la violencia machista nos arrebata la vida, también podemos vernos como la carne del cañón de la desigualdad que se dispara con cada nuevo asesinato o agresión.  Dejamos que las mujeres y sus niños y niñas mueran poco a poco y esperamos con paciencia indiferente a que otro u otra les releve en su batalla por la vida sin sentirnos obligadas a entrar en el campo de batalla.  Una batalla que hoy por hoy tiene a un lado del campo al gobierno y a los sectores fundamentalistas y al otro a las mujeres y su derecho a la equidad, la vida y la felicidad. 

Cada vez que una mujer es asesinada, y se convierte en la carne de cañón en la guerra entre el machismo y la equidad, no podemos lavarnos las manos y pensar que las tenemos limpias de pólvora. 

La comunidad lésbica-homosexual-bisexual-transexual-transgénero e intersexual (LHBTTI) es otra de las comunidades que corre el riesgo de luchar sola.  El silencio o el rechazo que rodea nuestra existencia en los distintos núcleos sociales y luchas políticas, equivale en muchas ocasiones a falta de solidaridad.  Esto a pesar de que defender nuestra equidad es defender la equidad de otros sectores y el derecho a la intimidad.  La batalla de la comunidad LHBTTI se libra en múltiples frentes: en la familia, en el trabajo, en el barrio y en la calle. 

Nuestros muertos son muchos: jóvenes que se suicidan, transexuales asesinadas, adultos que mueren en medio de la soledad y la pobreza, víctimas del VIH y de los estigmas que les privan de servicios.  Ellos y ellas son la carne de cañón que nuestra sociedad utiliza de camino a la obtención de la equidad.

Si nos molesta y nos repugna la idea de que nuestros jóvenes sean carne de cañón para el ejército, ¿por qué aceptamos que otros grupos de nuestra sociedad sean la carne de cañón que se macera y se tritura en nuestras guerras sociales?  Quizás porque nos negamos a aceptar ese estado de guerra a pesar de las muertes y la desolación que nos arropa. 

Las guerras sociales y el sacrificio de grupos como carne de cañón no deben existir.  De hecho, no tienen que existir.  Cuando cada ciudadana y ciudadano asume responsabilidad por la parte que le toca para adelantar el bienestar común, se posiciona a favor de esas poblaciones vulnerables y fortalece el ejercicio de los derechos humanos de su país.  En nuestra Isla esa parece ser la única alternativa.  Una alternativa que hay que elegir con urgencia porque mientras más tiempo dejemos pasar sin actuar, más vidas serán sacrificadas, más derechos serán violentados y más difícil será rescatar para nosotras y las generaciones futuras la equidad y la felicidad como parte de nuestra realidad.
 
*Esta columna es de hace vario años.

2.7.16

Politiquerías


 
Por décadas se nos ha ordenado que no hablemos de política. Nos los dicen con rótulos en negocios, mandatos de silencio en las casas, caras de angustia cuando alguien pone sobre la mesa temas que incomodan.  Y así, mientras el país se silencia porque hablar de política parece inapropiado, otros hablan de politiquerías y se siguen robando nuestro futuro con la avaricia y la seguridad de quienes se saben impunes.

No es extraño que se haya suprimido de nuestra cotidianidad social la política y que se le haya superpuesto ese nombre a las prácticas de saqueo, discrimen y violencia de estado a las que se nos somete consistentemente. Para colmo, a la política se le ha endilgado el adjetivo de “sucia” y nadie quiere ensuciarse con ella.  Esa supresión y ese silenciar nos desapoderan frente a estructuras como el gobierno, iglesias y empresas privadas y nos lleva a concluir que aquí no hay nada que hacer. Si no hay nada que hacer, se concluiría, tampoco hay nada que soñar, que cambiar o que mejorar. 

La política, sin embargo, es mucho más que lo que hemos soportado en nuestra historia reciente.  Hablar de política, hacer política, trabajar políticamente es organizar nuestra vida colectiva desde la libertad y la equidad.  Es reconciliar opuestos, tener esperanza, saberse con poder, elegir la acción frente a la queja.  Es, en fin, reconocerse como ciudadanas y ciudadanos con derechos y con deberes. 

Las luchas de las mujeres, de las comunidades LGBTT, de las estudiantes y de las comunidades que se niegan a la expropiación, son políticas.  Por algo levantan respuestas violentas del Estado. Por algo la propaganda conservadora demoniza a su liderato.  Cada una de esas luchas reafirma una voluntad de libertad que aterroriza a quienes se benefician de la inacción del colectivo.

¿Es la política actividad exclusiva de los partidos?  No lo es. Realmente es parte de nuestro deber como personas que conviven en sociedad. Un deber que va más allá de votar cada cuatro años y que nos requiere mirar con atención lo que pasa en nuestro entorno.  Negar nuestra dimensión política como personas es entregarnos a la voluntad ajena.

En este momento estamos obligadas a rescatar el espacio político cedido gracias a la manipulación perversa de los partidos antiguos y de los sirvientes que se benefician del estatus colonial y de las desigualdades.  Ya hemos pagado un precio demasiado alto: asesinatos por homofobia, una colonia endeudada, violencia hacia las mujeres, medio país en pobreza, cierres de escuelas, gente sin servicios de salud.

Hablemos de política, seamos políticas y políticos sin miedo y sin vergüenza porque la política no es sucia ni degradante. Lo que sí es sucio es dejar el país en manos de la politiquería que nos vendieron como única posibilidad. Nos merecemos mucho más. Y ahora mismo el país necesita mucho más para combatir los efectos de la Junta de Control Fiscal.

9.6.16

Hablaron los muertos



Hoy hablaron los muertos.  Los viejos valores coloniales. El imperialismo. El discrimen. La hipocresía. La avaricia. El miedo. La traición. La perversidad.  Hablaron por las bocas de hombres blancos, mujeres que cargan el poder masculino como un talismán y unos cuantos que, sin ser tan blancos, creen pertenecer a un bando que les desprecia y se disparan en la sien con una sonrisa servil en la boca.

Hoy hablaron los muertos y seguirán hablando, si los dejamos.  Seguirán diciendo que nos imponen una Junta de Control Fiscal por nuestro bien.  Nos dirán con desprecio que nos la buscamos, pero les pasarán la mano a los sirvientes de los buitres que vendieron al país, como los amos les pasan la mano por la cabeza a los perros que se portan bien.

Hoy hablaron los muertos.  Los mismos que hablaron ayer, que hablaron hace 64 años, hace 118 años y mucho antes, por los siglos de los siglos en los que a hierro y fuego se doblegaban pueblos.  Sólo que ahora doblegan con monedas.  Doblegan con PROMESAs, doblegan con la complicidad de los medios, las familias que gobiernan la Isla y la ignorancia de quienes piden la Junta porque creen las palabras de los muertos. 

Pero las mesas ya no flotan.  Los espíritus resultaron ser efectos especiales. Ya no queremos escuchar a los muertos.  Nos llama con fuerza la vida.

Nos llaman las voces de nuestras niñas y niños, de la juventud que sueña, de las mujeres que se levantan de la pobreza y la violencia, de los hombres que se resisten a vivir en la desesperanza.  Nos llaman las voces de la gente que da vida a esta Isla y que merece ser feliz, libre y plena.

¿Quién quiere escuchar a los muertos cuando la vida te habla con la fuerza de la solidaridad?  ¿Quién quiere escuchar a los sirvientes que ahora disfrazan sus discursos para engañarnos y aplacarnos?  Yo no.

Porque escucho la voz de la vida, digo no a la Junta de Control Fiscal y a quienes la propulsan.

Porque creo en el derecho a la vida libre y plena de cada persona en Puerto Rico, me comprometo a trabajar con las miles de personas que ya se están organizando para reclamar nuestro derecho a gobernarnos, a auditar una deuda odiosa y a reorganizar nuestra economía considerando el bienestar común y no la avaricia de unos pocos.


Puerto Rico se merece mucho más.  Tú y tu familia también.  No esperes por otros.  Usa tu poder.

4.5.16

Fusté: Poder, impunidad y justicia

Publicada el 3 de mayo en el periódico Claridad

Algunas figuras de poder logran rodearse de un aura de impunidad que parece imposible de vencer. Utilizan la ley, el “orden” y las jerarquías de todo tipo para adelantar agendas que van en contra de todo lo que define una verdadera aspiración de democracia, equidad y justicia. 

La renuncia del juez Fusté a su puesto en la Corte Federal de Puerto Rico es una de esas instancias en las que tenemos la oportunidad de hablar de poder, impunidad y hostigamiento sexual.  ¿Por qué? Porque tal y como se ha publicado, fueron acusaciones de hostigamiento sexual las que lograron lo que otras acusaciones en su contra no lograron hasta ahora.  ¿Por qué más?  Porque el hostigamiento sexual en el empleo es uno de esos temas de discusión en los que las víctimas se pueden sentir desamparadas frente a un sistema social y legal que constantemente vuelca su juicio en contra de ellas, mientras la parte agresora se queda sonriente y segura a la orilla de sus actos.

 
El hostigamiento sexual en el empleo está prohibido en Puerto Rico desde el 1988. Aun así, miles de personas- en su mayoría mujeres- ven su dignidad lacerada en sus espacios laborales y se enfrentan a una terrible disyuntiva: ¿silenciarse para mantener su trabajo o denunciar y someterse a un proceso duro y hostil en el que su palabra será puesta en duda y su reputación escrutada por el ojo público?  Para quien mira desde afuera, esta disyuntiva puede parecer de fácil solución.  Para quien vive el hostigamiento sexual en el empleo no es tan sencillo.

 
Reconocer el hostigamiento sexual en el empleo

 
La primera gran pregunta que manejan las víctimas de hostigamiento sexual en el empleo es: ¿Me lo estaré imaginando? ¿Estaré exagerando? 

 
Estas preguntas surgen porque la violencia y el acoso sexual pueden ser muy sutiles. Aunque lo evidente sería un beso, una mano bajo la falda o una invitación abiertamente sexual, hay muchas otras formas de acosar o de hostigar sexualmente a una persona.  Desde un comentario no deseado sobre nuestros cuerpos, hasta invitaciones a deshoras, insinuaciones de intercambio de favores o chistes de doble sentido. 

 
Los acosadores pueden estar, además, en todos los niveles de un lugar de trabajo: pueden ser empleados del mismo nivel, supervisores o supervisoras y hasta visitantes.  Lo importante es tener presente que su patrono tiene la obligación de prevenir y de detener el hostigamiento y que si no lo hace, es demandable.

 
¿Qué hacer?

 
Ante una situación de hostigamiento sexual, el primer paso debería ser detenerlo y el segundo denunciarlo ante su supervisor o supervisora para que se active un proceso de investigación.  Sin embargo, a veces no es tan sencillo.  Un evento de hostigamiento sexual tiene la capacidad de minar la autoestima de la víctima, atemorizarla, desestabilizarla y paralizarla.  Por eso, hay recomendaciones adicionales que podrían ser de ayuda cuando la persona víctima de hostigamiento se sienta lista para denunciar.

 
Algunas de esas recomendaciones incluyen: Cuente el evento a otra persona de su confianza, lleve un registro de eventos que incluya horas, fechas, lugares y personas presentes, busque apoyo piscosocial, busque orientación legal.

 
¿Y qué más?

 
Es imposible dar en este este espacio todas las recomendaciones necesarias para enfrentar con éxito este tipo de evento. Recordemos que no se trata tan sólo de un asunto legal o reglamentario, sino de situaciones que afectan emocionalmente a las víctimas por lo que se recomienda un acercamiento holístico que logre atender a la persona tomando en cuenta sus necesidades y su dignidad como ser humano.

 
Por último, parecería innecesario recordar que la víctima no sólo está en una posición de vulnerabilidad ante una figura de poder, sino que no es a ella a quien hay que juzgar.  No importa su ropa, no importa el tiempo que le tome sacar fuerzas para denunciar, no importa su historia de vida, estos casos deben trabajarse con la mayor objetividad posible y dejando de lado los estereotipos de género que tanto daño nos hacen como sociedad.

 
¿Y el Juez Fusté?  Bueno, todavía hace falta saber más. Si, en efecto, incurrió en actos de hostigamiento sexual no basta con una renuncia. La justicia reclama que se le impongan sanciones y que su víctima o víctimas sean compensadas por un sistema judicial en el que probablemente parte de su personal sabía lo que estaba ocurriendo y decidió callar.

 
Destruir la presunción de impunidad de figuras de poder es la mejor forma de adelantar un mundo de justicia y equidad.