11.5.13

Mami, estoy enamorada de una mujer


 El día que le dije a mi mamá que estaba enamorada de una mujer, lanzó un alarido terrible, largo y desgarrador.  Fue como si alguien le hubiera dicho que su hija murió… y en cierta medida creo que algo así ocurrió.  Algo de mí se murió y algo de ella también.  Ella nunca aceptó mi relación y ese amor que llenó mi vida por tantos años sigue siendo desconocido para ella.  No supo de mis alegrías, de mis celebraciones junto a mi nueva familia, tampoco de mis tiempos difíciles y creo que aún se pregunta si estoy separada.  Imagino que lo intuye desde la distancia de nuestros silencios.  De mí, y de la que fue mi compañera de vida, poco se habló y ya en este momento no hay por qué hacerlo.  Ya no hace falta hablar de eso ni de otras cosas de mi vida porque en el proceso aprendí a llorar, reír, celebrar y pasar los duelos por cuenta propia.

A veces lloro a mi madre.  A la que se murió el día en que supo que su hija no es heterosexual.  Lloro esa distancia y su soledad.  De la misma manera en que ella intuirá qué tal va mi vida, yo intuyo cómo va la de ella.  Hablamos de cosas triviales, de gente que se murió en el pueblo, de algún nuevo libro, de alguna planta, de papi o de mis hermanos, de mis hijos e hija.  Pero no hay forma de hablar de lo profundo y de los sentimientos porque eso nos lleva al campo de su homofobia y al de mi corazón que en esos momentos no sabe de teorías del perdón y de empatía y que se destruye un poco en cada uno de esos choques por más que yo trate de entender y amar por encima de sus prejuicios.  No caben ambas cosas en una misma conversación sin que haya nuevas muertes que lamentar.

Este drama personal no es suficiente para nublar la mente crítica que mi propia madre se encargó de desarrollar en su única hija.  Todavía me río a solas cuando recuerdo las innumerables veces en las que ella misma me motivó a pensar, a ser líder, a abrir camino,  a sobresalir y a retar… creo que no se dio cuenta de que estaba criando su propio monstruo personal.  Y es desde esa misma mente crítica formada a su sombra y desde sus contradicciones que yo misma me he acercado al tema de la maternidad.

No me cabe duda de que todo el rollo de la maternidad es una construcción convenientemente inventada para favorecer estructuras económicas y sociales que necesitan a las mujeres para criar obreros, capital y opresión.  El instinto materno, el “amor de madre” y su espejo “el amor de hija o hijo”, no son tan naturales como mucha gente cree.  Su inserción en la mente colectiva nos convierte como mujeres en el personaje secundario de nuestras vidas.  Algunas sólo lograrán algo de protagonismo en la infancia, esa etapa en la cual otro personaje secundario, su “madre”, está obligada a vivir en función de las necesidades de la “niña” y “madre por ser”.

En nuestra casa, siempre me dijeron que era la reina.  En mi niñez nunca me pregunté qué sería, entonces, mi mamá.  Evidentemente era mi sol, mis ojos, mi corazón.  Pero, ¿qué era en realidad? ¿En su vida?  Una mujer que me enseñó a leer desde los tres años y que siendo maestra de profesión asumió cabalmente la idea de que tenía que ser excelente como maestra-madre en la escuela y como madre-maestra en nuestra casa.  Nunca me pregunté qué estaba sacrificando para cumplir con ambos roles.  No me extrañó jamás la ausencia de la mujer, di por sentado que renunciar a ropa, placeres, estudios y amigas era natural para ella, la madre, mi sol privado, mis ojos para ver el mundo.   

Mis hermanos y yo creíamos a ciegas todos los eslóganes del día de las madres.  Entre ellos, nos creíamos particularmente el que dice que “como el amor de una madre, ninguno”.  ¿Cuánta de esa propaganda se nos ancla en el espíritu?  Tal vez demasiada.  Por eso el rechazo de una madre tiene un efecto devastador en algunos seres humanos.  No porque ese amor sea natural o instintivo, sino porque nos han hecho creer que dependemos de él para existir, para validarnos y para ser felices.  Imagínate pensar que si tu madre no te ama incondicionalmente jamás otra persona será capaz de amarte y aceptarte como eres. Imagina tener esas expectativas de alguien que es tan humana como cualquiera y que probablemente está aterrorizada ante las renuncias que se le exigen y el papel que se le asignó sin que ella lo pidiera.  Ponte en los zapatos de una madre e imagina ahora tener que amar a alguien que choca frontalmente con tus valores o creencias profundas.  Si en tus creencias no se logró colar el respeto a la diversidad, serás incapaz de amar a tu hija o hijo por encima de las diferencias que les separan.

Cuando ya en la adultez una se convierte en madre, ocurre un cambio significativo en nuestra vida que va más allá del simple hecho de que tienes a un ser que depende de ti.  De momento te quitan del rol protagónico, te entregan un baúl para guardar tus sueños y se constituye a tu alrededor un tribunal intangible pero real que juzga todos tus actos.   

No hay manuales para ser madres.  Sin embargo, cuando buscas en Google “citas sobre la madre”, te salen más de 4millones de resultados.  Viendo esas frases, esas creencias y esas expectativas, he tenido que retarme para mantenerme como protagonista de mi vida y amar a mis hijos e hija desde un balance entre lo que necesitan y lo que necesito, lo que les hace felices y lo que me hace feliz, su autorrealización y la mía. Si eres una madre abiertamente no heterosexual, el reto es doble. Siempre te persigue una mirada de sospecha.

Sin estar libre de culpas o de los conflictos que nacen de lo que me sembraron en la cabeza sobre la maternidad, he tratado de hacer lo mejor posible para que mi hija y mis dos hijos crezcan libres de mis cargas y con la capacidad de elegir sus rutas.  A veces he sido una madre destructora… en el buen sentido de la palabra.  Les he destruido creencias patriarcales y clasistas que se les han pegado en la calle como un chicle de esos que pululan por las aceras o expectativas de las que se les crean cuando una mujer kamikaze madre de algún amigo trata de adoptarlos porque les ve con la pena esa de quien cree que son unas pobres víctimas de una madre muy fuerte, o muy profesional o muy egoísta.   He tratado de quitarles del medio las creencias que a mí y mi generación nos marcaron con machismo, homofobia, clasismo, racismo y todos esos “ismos” que nos desigualan como humanidad.  A veces, ellxs me destruyen a mí y me confrontan con una nueva mirada que cambia la mía.  También ha habido ocasiones en las que he vociferado: “¡Esto es un matriarcado y aquí se hace lo que YO diga!”.  Por supuesto, cuando eso pasa siempre se ríen y me amenazan con denunciarme públicamente por mandona.  Ellxs saben que no es cierto y que les respeto lo suficiente como para escucharles.  He sido en última instancia, también una madre que construye seres humanos y se construye como ser humana. 

Pero cerrando esta columna- que podría ser mucho más extensa- regreso al tema de mi madre. Confieso que es posible que me queden cosas por resolver con mami.  Pero tal vez no tantas como alguien pensaría.  No dejo de amarla y reconozco que tiene muchas cosas que me hacen admirarla.  La miro, a veces me enojo con ella, otras me enternezco y siempre lamento sentir que se vio obligada a sacrificarse a sí misma por una maternidad que muy bien pudo vivir de otra forma de haber tenido la oportunidad.  Veo la mujer brillante, trabajadora, creativa y líder que nos crio lo mejor que pudo. No la idealizo y veo su humanidad, así como las consecuencias de sus acciones y creencias.  No la veo en un futuro cercano compartiendo mis luchas pero tampoco necesito que ella lo haga para sentirme segura de mis decisiones.  Basta con la llama del eterno deseo de trascender que me regaló desde pequeña.

Así que el Día de las Madres, es un buen día para mirarlas y ver las mujeres que en realidad son.  Es un buen día para dejar de lado los clichés y liberarlas de esa carga inaguantable del amor que todo lo sacrifica. Liberen sus madres y libérense ustedes.  Es un paso seguro hacia la equidad.

2.5.13

(In)decencia



Columna publicada en El Nuevo Día
2 de mayo de 2013

Hay muchas definiciones para la palabra "decencia". 

Encontré algunas que aluden al recato, la modestia y el respeto a la moral sexual... Y cuando las vi, me pregunté a qué moral se refieren y cómo la definían.  Me lo pregunté porque la palabra moral también está de moda y se usa de manera particular para estigmatizar a personas gays, lésbicas, bisexuales, transexuales y transgénero (LGBTT). Esto a pesar de que la moral, por definición propia, es algo que no se legisla. 

¿La moral no se legisla? No. La moral nace del cuerpo de creencias que un grupo social o personas adoptan como un código que les ayuda a diferenciar el bien y el mal. Lamentablemente, y que se rasguen las vestiduras algunas personas, la moral tiene áreas grises y muy subjetivas.  Por eso, hay personas que apelan a la moral y a la decencia para defender su supuesto derecho a discriminar a otros seres humanos. Otras personas, apelamos a un deber moral de actuar para erradicar el discrimen por orientación sexual e identidad de género.  ¿Quién tiene la razón? ¿Quien quiere imponer una moral única para quitar derechos o quien reconoce que la moral individual no se legisla pero el acceso a derechos humanos sí? 

Volvamos al tema de la decencia. Hay otras definiciones de decencia que hacen referencia a la dignidad y la honestidad en los actos y en las palabras. En estos días en el interior de  nuestra Legislatura se debaten los derechos humanos de las personas LGBTT.  Mientras algunos cabilderos visitan la Legislatura con la biblia bajo el brazo, otros seguramente visitan la Fortaleza.  ¿Es digno para un gobernante dejarse manipular por grupos que quieren imponer una sola moral a un país diverso? ¿Se actúa con honestidad cuando se sabe qué es lo correcto para la equidad pero se deja que el miedo decida qué hacer? 

Ahí es donde se ve quiénes son las verdaderas personas decentes en este país. No las que se escudan tras morales relativas, sino las que saben cuál es su deber moral real, el de abrir paso a la equidad, y lo cumplen con valentía. Ni cobardes, ni inmorales, ni indecentes negociantes de los derechos ajenos nos deben representar o gobernar.   

La petición a legisladores y al Gobernador es clara. Actúen con decencia. Actúen para la equidad.

6.4.13

Dios es una lesbiana

Publicada en 80 grados. 

Léela completa pinchando visitando la revista: http://www.80grados.net/dios-es-una-lesbiana/

Originalmente pensaba titular esta columna “Dios es gay”.  Estaba inspirada en la historia de Aarón, Mita y su nuevo descendiente certificado por pruebas de ADN, Samuel.  Digo, porque si dios vino al mundo a través de Mita, y Mita es en Aarón, tal vez Aarón será en Samuel algún día a pesar de haberse negado por décadas a aceptar su paternidad...

24.3.13

Tres monitos y un ser humano

Publicada originalmente en 80 Grados

La imagen de los tres monitos tapándose la boca, orejas y ojos no es graciosa. Es dolorosa. Por cualquier lado que la miremos.  Si la interpretamos como una alusión a la indiferencia, duele.  Si la vemos como una respuesta a la censura, también.  Si es un reflejo del miedo a saber y hacer, peor aún.  No hay forma de que me provoque risa, en especial, cuando miro a mi alrededor y veo miles de monitos y monitas columpiándose en las ramas de nuestra “democracia”.

No culpo a los tríos de la ceguera, la sordera y el silencio. Puedo entender el temor.
Abrir los ojos equivale a entrar en un estado de insomnio permanente.  Lo dicen las feministas y también otros grupos que laboran por los derechos humanos y otras causas que nos atañen como parte de una humanidad desigual.  Cuando la conciencia despierta, detectas el dolor ajeno, sientes el de tu corazón, te indignas con las desigualdades y ¡pum!, pierdes los párpados. Tu mirada jamás vuelve a ser la de antes.  Eres incapaz de cerrar los ojos.  Solo te quedan las manos para dar descanso a la mirada y aun a través de ellas, sigues percibiendo el mundo que tenemos.

Así es como cada anuncio, cada gesto, cada palabra escrita, cada imagen y cada cambio de estación se convierten en una sucesión de recordatorios de lo que nos queda por hacer.  No puedes ignorar la pobreza que te espera en un semáforo, no puedes desviar la vista de la destrucción de la tierra, no puedes dormir plácidamente las noches en las que sabes que los cielos tienen más balas y muertes que estrellas.  Una vez despierta tu mirada, tu cerebro te obliga a asumir responsabilidad.

¿Quién querría ver? Bueno, pues yo quiero ver. Prefiero el insomnio a vivir la vida como un sueño. Y desde ese insomnio, quiero ser testigo de la belleza que nace de la valentía de quienes se comprometen a ver y actuar.  Quiero ver los amaneceres coloridos de una era de equidad.  Quiero seguir viendo las imágenes de solidaridad y amor que tanto me conmueven.

Escuchar es tan terrible como ver.  Cuando escuchas de manera activa, comienzas a reconocer los ritmos del machismo, el clasismo, el racismo y la homofobia que antes parecían canciones de cuna o juegos para niños.  Ya no te place tararear “chequi morena”, escuchar una vieja canción de salsa o repetir una oración a padres que no son nuestros porque hemos tenido que renegar de las desigualdades que nacen de su nombre.

Cuando escuchas, el sonido invade tu cabeza y se instala en tus sentidos una vibración permanente que deconstruye las palabras que te zumban alrededor.  Las palabras que antes te conformaban, ya no sirven para tranquilizarte. Los “te amo, pero no te acepto”, los chistes “inofensivos”, las promesas de apoyo que se quedan en el aire, los discursos escritos por oficiales de prensa y los rezos que no has pedido, solo sirven para acunar el insomnio.

¿Quién querría escuchar? Yo quiero escuchar. Quiero saber lo que se esconde en las palabras. Quiero desentrañar las claves de desigualdad que subyacen a las palabras de quienes se creen superiores a la humanidad y elaboran discursos de odio.  Quiero alimentarme de la belleza de las palabras de amor y de bondad que se esmeran en una carrera de vida o muerte para llegar a los oídos del resto de las personas.

Y hablar. ¿Cuánto cuesta hablar? Cuesta empleos. Cuesta rupturas familiares. Cuesta el convertirse en objeto de violencia y discrimen.  Pero hablar, desde la sonoridad de las palabras a las que damos vida con nuestra voz y nuestras letras escritas, es también una forma de vivir el insomnio y de transformar el zumbido que nos puede torturar desde la persistencia de lo cotidianamente injusto. Cuando hablamos, transformamos las imágenes y les reasignamos significado. Creamos canciones y poesías que vibran en la frecuencia de las luchas que abrazamos. Hablar, y hablar con la clara intención de hacerse escuchar para crear un campo de resonancia social, es un modo de caminar y acompañar a quienes nos importan.

¿Quién querría hablar a pesar del costo? Yo quiero hablar. Hablar y actuar. Hablar y acompañar.

Hay tres monitos tristes y temerosos de la censura social, patronal y gubernamental. Hay otros tantos conspiradores que viven su insomnio sabiendo lo que está mal en nuestro sistema y esforzándose por silenciar a quienes escuchan, ven y hablan.  Silencian quitando derechos, recortando fondos, destruyendo reputaciones y lanzando distracciones que sepulten en un mar de palabras vacías las palabras valientes y honestas. Pero por cada monito y por cada conspirador hay un ser humano que elige ver, escuchar y hablar. Y a esos, no los pararán.

7.3.13

Ella, aquella y la otra

Publicada en El Nuevo Día
6 de marzo de 2013
 
“Toda mujer ya liberada que acepte con complacencia su situación de privilegio, se hace cómplice y partícipe de la opresión de las demás mujeres”.
Susan Sontag 

A veces hay que hablar con el corazón abierto.  Hablar de aquellas cosas que nos dan vida y de las otras que nos cortan la respiración.  Hablar de lo que nos pone una sonrisa en los labios y de lo que nos indigna o nos agobia con una tristeza profunda.  No es fácil.  Pensamos, sentimos emociones y buscamos entender el mundo desde el espacio personal en el cual nos colocan nuestras experiencias de vida.  Sin embargo, el presente que vivimos y que construimos desde nuestras palabras o silencios construye a su vez las experiencias de vida de otros seres humanos y su futuro. 

Hablar- y escuchar- con el corazón abierto es hoy, en nuestra Isla, un ejercicio urgente.  Conmemorar el Día de las Mujeres desde lo que nos dice el corazón es cuestión de vida o muerte.  ¿Qué nos dicen nuestros corazones un día como hoy?  ¿Qué nos dicen de lo correcto o de lo justo para otras mujeres? ¿Qué nos dicen de ella, de aquella o de la otra?  ¿De esas mujeres que no somos nosotras mismas y son a la vez parte de nuestro destino colectivo? 

Este 8 de marzo es un Día de las Mujeres que nos exige corazones fuertes y rectos.  Corazones que abracen palabras de libertad y que las dejen salir impulsadas desde el amor.  Este año, el 8 de marzo es un día para visibilizar y honrar a las mujeres que son lesbianas, bisexuales, transexuales o transgéneros (LBTT).  Ellas, aquellas y las otras… las innombradas en muchas de nuestras propias familias, las rechazadas, las violentadas, las que viven escondidas de sí mismas, las que han escuchado cómo se les llama pecadoras, abominaciones, errores de algún dios que alguien se inventó, las que lloran sentencias que les niegan la maternidad.  Un corazón abierto al amor y la justicia no es capaz de escatimar la libertad y el respeto a otro ser humano.   

Ella, aquella y la otra son tal vez alguna hermana, alguna tía, alguna hija o alguna amiga.  Somos quizás nosotras mismas.  La desigualdad y el discrimen que viven mujeres LBTT provocan sufrimiento.  Esa desigualdad no es producto de una elección personal o de una preferencia.  Esa desigualdad es producto de nuestra incapacidad como sociedad de aceptar que hay otras formas de amar y de construir una vida. 

Desde mi corazón, hoy celebro con alegría y amor los logros de las mujeres a través de la historia.  Celebro la vida de cada una de ellas: niñas, jóvenes, adultas y viejas.  El Día de las Mujeres es, más que nada, un día de conmemoración de luchas y de celebración de victorias.  Hemos ganado muchas batallas, tenemos miles de heroínas, hemos vencido la esclavitud que trataron de sembrar en nuestros espíritus y nuestras mentes. 

Pero también desde mi corazón, pido hoy que otras mujeres den un paso al frente y abran un espacio a su lado para ellas, aquellas y las otras sin importar su orientación sexual o identidad de género.  Pido que hagamos frente común para apoyar los proyectos de ley que están en proceso de aprobación y que garantizarían igual protección para todas nosotras en casos de violencia doméstica (PC488) y cero discrimen por orientación sexual o identidad de género (PS238).  Se nos va la vida en esta lucha.  Las luchas de las mujeres estarán incompletas sin una mirada de inclusión, respeto y amor a quienes pertenecemos a las comunidades LHBTT.   

Pido, entonces, un mar de corazones valientes que digan: Somos todas, queremos equidad. 

4.2.13

(Des)concertadas



Hablemos de concertaciones y de desconciertos.  Nos hace falta.  Máxime cuando vemos cómo la discusión sobre los derechos humanos de la comunidad lésbica-homosexual-bisexual-transexual y transgénero (LHBTT) amenaza con dividir al país en una lucha entre los hijos del diablo y los defensores de la fe cristiana.  Hay gente apasionada y comprometida en ambos bandos… y gente desconcertada entre medio de ellos. Un desconcierto comprensible por varias razones.

Una de las razones para el desconcierto de quienes están en el medio de esta lucha tiene que ver con la tendencia mediática a borrar las tonalidades grises de este debate.  Si eres pro-gay (¡O gay!) eres malo.  Si eres anti-gay, eres de dios… o al revés.  “Dios no quiere esto”, “La Constitución dice esto otro”,  “Soy cristiana”, “Soy atea”, “¿Qué soy?”.  Gracias a esta polarización, nos podemos encontrar de repente con una doñita (quizás nuestra tía) que nos dice un poco abochornada que no tiene nada en contra de las parejas del mismo sexo pero es cristiana. ¿Cómo le explicamos que ambas cosas no tienen que autoexcluirse? Créanme cuando les digo que hay más de 50 tonos de gris en estas discusiones y que no todos son porno.

Pero, ¡un momento! También hay gente desconcertada en nuestras filas.  Desconcertada y frustrada.  Compañeras y compañeros que no saben cómo leer el mapa del activismo gay criollo y que no entienden cómo algunas personas intentan liderarnos hacia la equidad mientras critican el trabajo de las demás.  Nuevamente el blanco y negro, y la imperiosa necesidad de obligar a la gente a alinearse en tribus. ¿Cómo se logra una concertación política efectiva, amplia y trascender las fronteras del ego? 

“WTF?”, se pregunta alguna gente al estilo Facebook cuando no saben dónde alinearse y buscan cómo ser útiles en este movimiento de derechos humanos.  “¿Es que hay que ser genio, héroe o figura pública para que el esfuerzo individual cuente?”, se pregunta luego.  Lamentablemente los procesos tradicionales de concertación política no suelen estar enfocados en la inclusión, sino en la presencia mediática y la creación de masa crítica. 

Pero, como dicen por ahí, lo único que no tiene remedio es la muerte.  Así que hay muchas razones y miles de formas para superar el estado de desconcierto colectivo y lograr una verdadera concertación social. Las transformaciones sociales de hoy en día no tienen que ceñirse a las reglas de juego establecidas por cabilderos y políticos tradicionales.

¿Razones? Aunque parezcan obvias, a veces es importante repasarlas.  Sí, ya sabemos que nosotras, las personas LHBTT somos humanas.  También sabemos que como seres humanas, merecemos la igual protección de las leyes e igual acceso al ejercicio de nuestros derechos.  Es bien sabido, además, que estamos en un Estado laico y que las mayores objeciones para que logremos equidad son, principalmente, de origen religioso… Saber esto no necesariamente nos convencerá de participar activa y responsablemente en un movimiento de derechos humanos y tampoco resuelve las dudas que nacen de los matices de este tipo de discusión.  ¿Recuerdan a su tía cristiana?  ¿Cuánto ganamos con una estrategia discursiva que abona a la polarización?  Digo, porque yo soy atea, pero tengo amistades que amo y que son cristianas.  ¿Cómo hablaría con ellas de respeto si me burlara de sus creencias y les llamara ignorantes? ¿Cómo yo misma pido respeto para un amigo gay, si a la vez le falto al respeto a sus creencias religiosas? 

Las razones para concertar un reclamo de equidad para nuestra comunidad LHBTT trascienden el tema de nuestros derechos sexuales y se entrelaza con una visión holística de lo que somos.  Esto nos obliga a reconocer las intersecciones de las desigualdades que se anidan en cada una de nosotras y las capas de potencialidades que nos hacen idóneas para servir de eslabón en múltiples luchas sin perder nuestra identidad. 

El eslabonamiento de energías, trae consigo la generación de la empatía y comprensión que necesitamos para hacernos fuertes y generar cambios que van más allá de la aprobación de un proyecto de ley.

Esto me lleva a hablar de otras razones.  Razones para luchar con una mirada más amplia.  Las luchas de las mujeres nos han dado varias lecciones.  Una de ellas tiene que ver con la influencia recíproca entre legislación y cambio social.  Cuando en el 1989 se aprobó la Ley 54 de Violencia Doméstica, nuestro país aún no comprendía que la violencia en relaciones de pareja era un asunto público.  Aún luego de aprobada la Ley, más de 20 años más tarde, todavía hay gente que no lo comprende.  Sin embargo, esa ley marcó un hito importante y nos dio un punto de partida para aumentar los esfuerzos educativos, de prevención, intervención y transformación que existían mucho antes de ella.  Hemos progresado, hay más recursos disponibles y ya no es políticamente correcto hablar con aprobación de acciones violentas hacia las mujeres.

Ahora, es precisamente una hija de la Ley 54 la que avivó la llama del activismo LHBTT.  El PC 488 propone extender la protección de la Ley 54 a parejas del mismo sexo y a parejas de hecho.   Este proyecto vino acompañado de otro proyecto, el PS 238 para prohibir el discrimen por orientación sexual e identidad de género.  La razón evidente para apoyar estos proyectos es el establecimiento de una política pública que convierte en asunto del estado y del país la prevención y erradicación de la violencia dirigida a integrantes de la comunidad LHBTT.  La razón más importante, y menos evidente, es que los derechos humanos que están en juego no son sólo los de la comunidad LHBTT, sino los del resto del país.  Un gobierno que cede a presiones religiosas sustentadas en la idea de que los seres humanos no tienen la capacidad de elegir el bien, siempre estará propenso a coartar la libertad de pensamiento y de acción del resto de la ciudadanía.  Se estaría adjudicando el derecho a decidir sobre algo más que a quienes amamos y cómo y dónde expresamos nuestro amor.  Decidiría qué pensamos y cómo tomamos las decisiones que nos afectan como país.  Repasemos: venta de aeropuerto, obligar a madres y padres a ir a las escuelas, cuatro años de un departamento de la familia latigando mujeres jefas de familia e ignorando querellas. ¿Les suena familiar? 

¿Cómo superar el desconcierto?  Ya lo estamos haciendo.  Hay cada vez más puentes entre causas diversas.  Hay cada vez más respeto a la diversidad, entendiendo que la diversidad incluye a personas religiosas, personas comunes que quizás no se consideran activistas y tienen muchas preguntas y aún a personas que difieren totalmente de nosotras.

Sin embargo, hay otras cosas que podemos hacer para lograr una concertación efectiva de fuerzas por la equidad. La primera, distinguir la diferencia entre las acciones urgentes y las que son importantes. 

Es urgente que nos demos cuenta de que los proyectos de ley son sólo una parte del trabajo.  Es urgente entender que las estrategias de quienes se sienten cómodos con el sistema de desigualdad que combatimos no deben las nuestras.  Cabildear como ellos, liderar como ellos y hablar como ellos es ser igual a ellos y perpetuar la desigualdad.

Es urgente trazar fronteras saludables entre nosotras y los políticos y gobernantes.  No somos iguales, no somos amigos, no estamos en el mismo bando.  Hay convergencias, sí, pero las convergencias no deben implicar la rendición de ideales.

Es urgente activar las redes de apoyo a los proyectos de ley en medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales.  ¿Por qué es urgente?  Porque quien domine esta primera etapa de legislación y establecimiento de políticas públicas dominará los próximos cuatro años.  Hay que reforzar las rodillas temblorosas de algunos políticos y darle unas palmaditas de advertencia para que no pierdan el camino.  Los grupos a cargo de las estrategias en el lado fundamentalista están haciendo todo para quebrar la voluntad- ya endeble- de la gente que se agrupó bajo la insignia popular.

También es urgente dar espacio a nuevas voces.  Esa sería la evidencia de que hemos crecido como movimiento.  También es la evidencia de que somos capaces de trabajar con solidaridad y consenso.  Así nos distinguiremos de la tradición autoritaria conservadora que distingue a nuestros detractores.  Ellos parecen más rápidos que nosotros porque no buscan consensos, simplemente deciden y mandan, manipulan y ordenan.  Nosotras hablamos, disentimos, dialogamos y al final, nos movemos.  Eso es una fortaleza.  Eso es actuar con principios.

Es importante autoevaluarnos y reflexionar.  Es importante ser valientes para crecer y ser capaces de hablar a nuestro país desde el amor y no desde la ira, la ironía o la subestimación de sus capacidades.  Es importante seguir haciendo trabajo de base aunque no salga en los medios. 

Es importante hacer inventario de capacidades y ponerlas al servicio de los movimientos con desinterés y solidaridad.  Es importante, muy, muy importante asumir responsabilidad, dejar de quejarnos y actuar.

Es importante concertar voluntades y trascender el desconcierto.

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1- Alusión a 50 sombras de Grey, de E.L. James. Ver crítica en http://thesourceofreedom.blogspot.com/2012/08/critica-50-sombras-de-grey.html
2- Ver Naked Civics por Nate Garvis, http://nakedcivics.com/

26.1.13

Se trata de todxs


Publicada en El Nuevo Día
26 de enero de 2013

Nos han enseñado a temer a la libertad. A verla como si fuera un abismo tenebroso en el cual se agazapan el pecado, la muerte y el caos. Sin embargo, la libertad no es un abismo. Ateas o religiosas, todas las formas de ver al ser humano en nuestro mundo occidental, reconocen que la libertad y la capacidad de elegir son un derecho que se levanta como manto protector ante gobiernos y dioses. ¿No se trata de eso el libre albedrío? ¿No es de eso que nos hablan constituciones y declaraciones de derechos humanos?

La libertad está en juego en nuestro país ahora mismo. La libertad y la equidad. Mientras la Humanidad se mueve a reconocer las libertades y derechos de la comunidad lésbica-homosexual-bisexual-transexual y transgénero (LHBBT), en nuestra Isla algunos políticos y líderes religiosos se empecinan en utilizar sus biblias personales para golpear con miedo y autoritarismo el avance de nuestros derechos. Peor aún, se dedican a privar de la libertad a las personas buenas que acuden a sus iglesias o militan en sus partidos. Al insistir en hablar de pecado cuando estamos hablando de derechos humanos, les restan capacidad para pensar, les ordenan cómo vivir su amor al prójimo y su fe. Distorsionan la discusión pública porque desde esa distorsión alimentan su poder y exigen obediencia ciega.

¿Quién o quiénes deben decidir por cada una de nosotras a la hora de amar, de formar una familia o de expresar nuestra orientación sexual? ¿Quién o quiénes tienen el derecho a decir a qué dioses adoramos o cómo expresamos nuestra fe o nuestro ateísmo? 

Seguramente, ninguna lectora aceptaría que alguien le cuestione su amor o su fe. Yo tampoco lo acepto. No rindo mi libertad ni espero que otras personas rindan la suya. También estoy clara de que en el momento en el que nuestra Legislatura o nuestro gobernador acepten la presión de grupos religiosos para detener los proyectos de ley que enmiendan la Ley 54 y prohíben el discrimen por orientación sexual, no sólo se están rindiendo ellos. Estarían rindiendo nuestras libertades y nuestros derechos. ¿Qué hará el país? Esto no se trata solamente de la comunidad LHBTT. Se trata de todxs. De nuestra libertad.