Hay una mujer pelicolorá, altanera y exuberante plantada en una calle de Santurce exigiendo que la dejen de maltratar. Mahones apretados, camisa “strapless” y mirada fija compiten con los tatuajes que la adornan. ¿Marcas de guerra? Tal vez. Esas marcas, al menos, son visibles. Pero las marcas que miles de mujeres llevan en su espíritu gracias a la desigualdad y la violencia machista no son visibles a simple vista.
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