3.9.10

Luego de Loss Mitigation... una carta para otra carta

Luego de que se publicó mi columna Loss Mitigation en El Nuevo Día, recibí una carta cuyo remitente no revelaré, pero que me provocó una reflexión que les comparto aquí y que se convirtió en mi contestación a la misma.

Estuve leyendo detenidamente tu carta y creo que contestarla representa un gran reto pues implica lograr expresar una visión de nuestro país que haga sentido a personas que venimos de realidades y experiencias distintas. Aunque te parezca extraño, he llegado a la conclusión de que la mejor contestación es la que parta de un posicionamiento personal y honesto, sabiendo que tal vez no logremos estar de acuerdo en todo pero que el respeto a la diversidad de ideas nos puede garantizar un futuro común.

¿Por qué quiero partir de lo personal? Porque es inevitable que la experiencia de cada cual nos lleve a ver- o simplemente no ver- los elementos que configuran nuestra realidad nacional de maneras muy distintas. En mi caso, tuve una infancia bastante privilegiada en un pueblo pequeño de la Isla. Aunque mi familia no era adinerada, el hecho de tener una madre y un padre maestros hizo que se me abrieran muchas puertas. Siempre fui considerada y tratada de manera especial. Nunca supe lo que era carecer de alimentos, de servicios de salud o de educación. Casi todo capricho de niña me fue concedido y conocí muy poco de violencia, dolor o privaciones. Si esa hubiera sido mi única experiencia de vida, yo pensaría que la pobreza no existe en la Isla y hubiera dado por sentado que el resto de niños y niñas gozaban de lo mismo que yo. Jamás me hubiera percatado de que era privilegiada.

Sin embargo, tuve un privilegio aún mayor que enriqueció mi vida. Ese privilegio fue la oportunidad de asistir a una escuela rural donde mi mamá era maestra. Ahí, supe lo que era una escuela de madera, con letrinas y niños y niñas no tan afortunados como yo. Visité casas con pisos de tierra y jugué por el campo con niños y niñas que hoy pertenecen a sectores sociales muy diversos. También escuché por horas las historias de mi abuela y de otras mujeres que me hicieron saber desde pequeña que otra realidad existía y que yo sólo vivía en un pedacito de ella.

A veces, nos da miedo hablar de clases sociales o de distribución de riqueza porque una de las cosas que se nos sembró en nuestras mentes desde pequeños fue la idea de que ser pobre era malo, que denunciar la pobreza era de comunistas y que aspirar a la equidad económica era demasiado arriesgado para estabilidad del país. De tanto escuchar estas cosas, gran parte de nuestro país ha decidido mirar hacia otro lado y pensar que no hay pobreza justo a nuestro lado. Otra gran parte ha decidido culpar a las personas que viven la pobreza de su propio estado y otro grupo piensa que sirviendo almuerzos a personas sin hogar o donando cenas en Acción de Gracias se remedia la realidad de nuestra Isla. No reconocen sus privilegios y por lo tanto, dan por sentado que su situación es natural.

Sin embargo, yo estoy convencida de que debemos mirar de frente nuestra realidad y aceptar que tenemos entre manos un conflicto que involucra clases sociales dispares. No ya para culpar o atacar a nadie, sino para entender por qué pasan las cosas y luego poder trabajar para cambiarlas. Una de las frases que yo suelo utilizar cuando hablo a grupos es la siguiente: “La desigualdad se alimenta de quienes se niegan a verla”. Y eso es verdad. Si no vemos el problema, no podemos resolverlo. ¿Te has fijado que en las autopistas del país y en ciertos sectores que tú y yo frecuentamos apenas hay carros viejos o gente mal vestida, con signos de deterioro? Yo me fijo en esas cosas y me asusto porque veo que vivimos una especie de segregación poblacional. Hay sitios que simplemente la gente que vive la pobreza no visita. No hay una prohibición legal y aún así, hay algo, una fuerza social invisible que les veda la entrada a esos espacios y estas personas simplemente se rinden.

Esa fuerza social invisible se llama desigualdad. Una amiga muy querida me explicaba una vez algo que yo he visto en mi experiencia de vida y que tal vez sirva para explicar el alcance de la desigualdad. Si una persona de un grupo privilegiado se quedara súbitamente sin empleo y estuviera en riesgo de perder su casa, muy probablemente el acceso que tiene a personas y recursos le permita resolver su situación. Tendrá acceso a servicios legales, a una entrevista de empleo, a una mano amiga que le allane sus gestiones en el banco. Si se enferma y va a una oficina médica, probablemente el médico, de su mismo grupo o amigo de algún amigo, no le cobre la visita o le regale los medicamentos. Esto me consta porque yo lo he vivido y he podido ir a oficinas médicas sin que me quieran cobrar aún cuando puedo pagarlo. Ahora miremos la desigualdad. Si una persona de un grupo marginado de clase media baja- digamos una mujer que viva pagando el alquiler de su casa- pierde su trabajo y enfrenta un proceso de desahucio, muy probablemente tenga que hacer turno para obtener un abogado pro-bono que carga 100 casos adicionales, no tenga otra casa a donde mudarse y sea tratada con desprecio en las oficinas a las cuales acuda a buscar ayuda. Esto también me consta, como me constan cosas peores, porque las he visto en mi trabajo con mujeres y sé cuánto se sufre cuando se necesitan servicios médicos, legales o de vivienda y no se logran acceder.

Cuando se vive en desigualdad y pobreza, se está viviendo al margen de los derechos humanos más elementales. Y eso, para mí, no es aceptable. La desigualdad, para colmo y tristeza, se hereda y genera más pobreza que se perpetúa y agrava las condiciones de vida de las generaciones futuras. Esta pobreza genera vulnerabilidad ante la violencia y otros males sociales. Los pobres sí se hacen más pobres cuando la estructura social no realiza acciones concretas para atajar la desigualdad. ¿No es eso lo que estamos viendo en nuestro país hoy en día? Estamos viendo un sistema educativo colapsado, un sistema de salud que obliga a las personas a ir a las esquinas de las calles a pedir dinero para pagar servicios de salud esenciales, miles de personas buscando vivienda y miles más sin trabajo.

Estadísticamente hay estudios que sustentan esta realidad y que demuestran que existe un deterioro real en la calidad de vida de nuestro país. Es más, en los medidores de desigualdad aceptados internacionalmente (coeficiente Gini), Puerto Rico tiene un índice de .53, el cual es comparable al de países como México, Argentina o Brasil. ¿Y por qué no hablar entonces de una distribución de riquezas, de una garantía de acceso a servicios y de la necesidad de que los grupos de nuestras comunidades participen en la toma de decisiones? De eso es de lo que yo hablo. Hablo de decidir qué sectores “incentivar” y hablo de considerar que ya llevamos demasiado tiempo tomando decisiones equivocadas bajo un modelo económico agotado.

En una economía como la nuestra, hay que dar espacio a alternativas diversas. De eso no me cabe duda. En un mundo globalizado, no queda más remedio que considerar las inversiones extranjeras pero, también hay un consenso internacional que reconoce la necesidad imperiosa de fortalecer las iniciativas nacionales y, más aún, maximizar las particularidades que hacen a esas iniciativas una punta de lanza a nivel de competitividad. Ahí entra el sector industrial, el de micro, pequeñas y medianas empresas y las empresas sociales. Sin esta diversidad de sectores, no podremos levantar a nuestro país y su economía.

Yo creo en la importancia de que todo sector participe en las decisiones económicas y la pregunta para sectores como el tuyo es: ¿Cómo harán espacio para que otros sectores puedan participar? Ah, ese es un reto más complejo de lo que parece. Y es complejo porque, ¿cómo das espacio a gente cuya energía vital está concentrada en sobrevivir el día, en garantizarse un techo, en llevar comida a su mesa? Desde un punto de vista de desarrollo humano está comprobado que sólo cuando las personas logran suplir sus necesidades básicas, son capaces de participar en otros niveles de interacción social.

¿Pueden nuestro gobierno, la banca, empresarios o los desarrolladores (por sólo mencionar algunos grupos) asumir y entender esta realidad? Hasta ahora han demostrado que no. Siguen pensando que impulsando una llamado “crecimiento económico” automáticamente benefician a todo el país. Si miramos nuestra historia económica y los indicadores de desarrollo humano que tenemos disponibles, nos damos cuenta de que esa premisa es errada e insistir en ella es una apuesta a la perpetuación y agravamiento de la pobreza y la desigualdad. La nueva visión que nos traería cambios positivos como nación debe ser una de desarrollo sostenible desde una perspectiva de derechos humanos y equidad.

Es un hecho que nuestro gobierno no tiene los recaudos necesarios para funcionar a capacidad. Pero si los tuviera, ¿actuaría de otra manera? No lo creo. Porque si tuviera la voluntad de cambio necesaria para atender la pobreza y desigualdad de nuestro país, los pocos recursos que tiene se utilizarían de otra manera. Las comunidades se consultarían para conocer sus necesidades y para dar espacio a sus propuestas. También estaríamos escuchando discursos muy distintos a los que llenan los medios de comunicación y en cada mesa de trabajo habría personas de todos los sectores y no sólo de los que tienen capital.

En definitiva, si no hay una visión amplia y llena de amor hacia el país y la gente, no será posible reconciliar las necesidades e intereses de las clases o grupos sociales que ahora mismo están en tensión. Yo me siento obligada a tomar partido mientras esto se va transformando y siento que mi lugar está junto a las comunidades marginadas. Ese posicionamiento es ideológicamente conflictivo en ciertos espacios. Tal vez incomprensible. Pero tengo la buena disposición para explicar, convencer y ganar aliadas y aliados para lo que considero justo. A veces las columnas no dan espacio para eso, como tampoco dan espacio para exponer las muchas propuestas que tenemos en Matria.

Por eso hay que luchar por nuevos espacios, espacios honestos y en los que las personas puedan dialogar desde la disposición a ceder privilegios, vencer ideas antiguas y aceptar que tal vez, aquello que siempre creyeron justo en realidad no lo era.

Las soluciones para la Isla no vendrán del gobierno actual, tampoco de la banca o de los desarrolladores. No vendrán de los partidos políticos… ni siquiera de las uniones laborales o de las grandes organizaciones que pretenden ser la panacea. Tampoco vendrán de las iglesias. Menos aún si se creen dueñas de la verdad absoluta y promueven la desigualdad desde perspectivas divinas. Las soluciones vendrán de un pueblo al que se le dé espacio y oportunidad para proponer y actuar.

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