10.5.06

Mi cuerpo es el rehén...

Mi cuerpo es el rehén de las costumbres heredadas, de las maternidades asumidas como única opción, de la heterosexualidad y de toda una secuela de premisas que a veces ni notamos porque las damos por sentadas y les adjudicamos categoría de verdad. Es el rehén que utilizan “otros” para decirme, y decirle a otras mujeres, cómo amar, cómo pensar, cómo vivir y soñar, como si el sexo que nos tocó por mera casualidad biológica fuera una fuerza determinante que rodea nuestras mentes y espíritus para limitarlos.
Mi cuerpo es el rehén. Lo sé desde hace años y me sorprende que otras personas no lo noten. Más aún me sorprende ver a otras mujeres que conocen la insatisfacción diaria por los sueños abandonados, el agobio de maternidades no deseadas, la soledad de los sacrificios “familiares” y los cercos que les hacen los sí y no sociales y que, sin embargo, se niegan a ver su categoría de rehén de los fundamentalismos, de los roles estereotipados, de los prejuicios por su género.
Como rehenes, se supone que sigamos instrucciones so pena de sufrir las consecuencias. Como rehenes debemos callarnos y no hacer ruido para evitar que nos descubran al lado del que nos retiene. Debemos suprimir nuestro miedo para no perder el control y hacer cualquier cosa “emocional”. Debemos camuflajearnos en la masa de rehenes para que nuestra creatividad se mantenga a raya y no rete la autoridad con ideas descabelladas como la de la equidad ante los demás seres humanos.
Ser rehén y no darse cuenta de ello es estar en un estado de sumisión involuntaria que consume toda nuestra capacidad de crecimiento individual y común. No se crece, no se progresa y no se vive desde la entrega al control ajeno. No se alcanza justicia, no se protege a los nuestros, no se aspira a la paz cuando dejamos pasar un nuevo día tapándonos los ojos, los oídos y las bocas para evitar las represalias.
Nuestro instinto de conservación seguramente nos envía a menudo las señales de alerta. Nuestra responsabilidad es sentirlas e interpretarlas para actuar. La búsqueda de la libertad es parte de las grandes luchas de la raza humana y las mujeres no estamos al margen de ello.
Mi cuerpo, como rehén de la historia, sabe que llamar la atención de los captores es exponerse a que lancen sus piedras de odio, prejuicios y egoísmos. Ese mismo cuerpo también sabe que el espíritu que lo guía no está dispuesto a negociar más. Para negociar de verdad hace falta la equidad. Para negociar de verdad, debe haber libertad para pensar, desarrollarnos, crecer, amar y decidir.
¿Qué han hecho otras rehenes? Hace décadas que otras mujeres se levantaron y exigieron su liberación. Hoy hay una nueva generación que tiene el deber de liberarse a sí misma y pedir a las demás que actúen de conformidad con lo que debe ser una realidad que rebase los paradigmas históricos que empujaron nuestras luchas a los rincones de las causas prohibidas. Nuestra salud reproductiva y sexual, nuestro derecho a practicarnos un aborto y a vivir en paz independientemente de nuestra orientación sexual o condición social son derechos humanos que se unen a los derechos económicos que no podemos permitir que se vean como meras tonterías secundarias ante el estado actual del país. No podemos desenfocarnos ni permitir que los demás lo hagan.
En un momento como el que vive Puerto Rico, el trabajo honesto para restablecer un país que alberga a millones de seres humanos no puede estar en manos de quienes ya han demostrado estar por debajo de nuestras expectativas. Tampoco podemos permitirnos el que la discusión se limite a lo que nuestros captores estiman importante y continúe dejándose al margen lo que todas y todos sabemos. No hay país que sobreviva la falta de equidad, la falta de respeto por la vida y la falta de conciencia ética ante lo que representa la figura humana independientemente de su género.

1 comentario:

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