1.7.07

Rapacidad

Publicado en Voces de El Nuevo Día
29 de junio de 2007

Es imposible ver lo que nuestro gobierno hace con el ambiente y la economía del país y no airarse con su rapacidad desmedida, equiparable únicamente con la de las grandes compañías constructoras que siguen tratando de vendernos la historia de que destrozan y usurpan nuestras tierras por el bienestar del pueblo.

Dentro de los discursos asumidos por políticos y desarrolladores se construyó la idea prejuiciada de que ser ambientalista equivale a querer cerrar las puertas al desarrollo. Pero, ¿de qué desarrollo estamos hablando? Hay que ver cómo décadas de construcción/destrucción cimentaron el desarrollo actual de este bendito país.

El Corredor Ecológico del Noreste, y la manera en la cual el Senado lo traicionó, es sólo un ejemplo de cómo se sigue menospreciando la importancia de proteger el patrimonio común para las generaciones que están en plena infancia. En 25 años nuestras hijas e hijos (a quienes intentamos criar para que lleguen a ser adultos felices), sufrirán los estragos ecológicos, sociales y económicos que hoy se anuncian. Esto gracias a la rapacidad egoísta de nuestros líderes y de quienes piensan que amasando dinero podrán escapar junto a sus propios hijos del caos, el hambre y la destrucción de un planeta que ya no nos aguanta.

La noticia para los políticos e inversionistas rapaces es que no habrá escapatoria si no actuamos ya. El mañana, bueno o malo, será del país como conjunto. No importa que las marcadas diferencias socioeconómicas de hoy creen en ciertas personas la falsa impresión de que están libres de los estragos de la pobreza y la violencia. En realidad somos un conjunto de bienes y males con un futuro común.

¿Qué hará el resto del país para proteger los recursos que necesitarán nuestras niñas y niños? Abran los ojos y asuman responsabilidad individual y colectiva ante las amenazas ambientales que van desde nuestro propio consumerismo hasta la acumulación desmedida de riquezas en manos de unos pocos que hacen creer a “unos muchos” que las cosas deben ser así y no hay alternativas. Ya es hora de que las falsas premisas de la desigualdad sean eliminadas de nuestra realidad.

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